A mis nietos, que me sorprenden cada tarde cuando nos juntamos recostados en el brinca brinca a contarnos un cuento. aa.
Circo
Rogelio Guedea
rguedea@hotmail.com
Me gustan los circos. Pero, como
todo en la vida, hay de circos a circos. O eso creía. En realidad no es que haya
de circos a circos. Hay, más bien, de personas a personas. Son los anteojos que
nos encajamos en el tabique de la nariz los que nos hacen ver la realidad de una
u otra manera. Ayer, por ejemplo, fuimos mi hija y yo a uno. Pagamos y nos
sentamos en gradas, junto a la entrada. Todo parecía suceder en cámara lenta.
Las muchachas caminaban desangeladas, vendiendo varitas luminosas. Una capa de
polvo cubría la gradería, las sillas y los palcos, que olían a herrumbre. Era un
circo pobre. Muy pobre, a decir verdad. Me entristeció verlo así. Imaginé las
penurias de los malabaristas y domadores, las dificultades del dueño para
pagarles, las ganas de tener, algún día al menos, un golpe de suerte: alcanzar
la gloria. Ya viste, le dije a mi hija señalándole, con cierta consternación, el
techo agujereado. Mi hija alzó la vista, abrió los ojos como plato y con una
cara de alegría que no le había visto nunca, me dijo: sí, papá, ¡se ven las
estrellas!
Escuche: Punto i "el punto informativo" lunes a viernes de 6-8 am por Kama 750AM.

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