Antojerias con su fiesta de Halloween....
Disfraces
La primera vez que usé un disfraz
iba en kínder. Fui una especie de mesera de Sanborns pero en chiquito. No tenía
la edad suficiente para ser una China Poblana. Mis años sólo me alcanzaron para
ser folclórica e indefinida, como el baile que ejecuté con el resto del grupo
–los varones fueron vestidos de inditos– mientras mi madre me miraba desde la
primera fila. La pobre hizo esfuerzos por no llorar pero acabó con el rímel
chorreado, idéntica a Alice Cooper. Estaba tan injustificadamente orgullosa, que
no pudo dejar de sollozar hasta que terminó el Festival.
Me encantó. La crinolina, el olor a spray de pelo, los zapatos
nuevos. No me importó ser la niña que peor bailaba del salón. Sí, bailé pésimo,
pero no era yo. Era una niña distinta, con ojos de muñeca logrados con
delineador y la boca pintada con el bilé de mi madre. Mis artísticas pestañitas
me hicieron babear frente al espejo. Eran idénticas a las de Lorena Velázquez.
La boca se veía elegante. No se podía disimular, pero sí adornar, digamos.
El gusto me duró toda la primaria, pero no era una afición que
mis padres compartieran. Rápidamente aprendieron a salirle al paso a mi
necesidad de transformarme y se convirtieron en improvisadores: niña leñadora
(camisa a cuadros y bigote); mestiza (huipil yucateco y rebozo); conejo (diadema
con orejas). Todo clase B, aunque fui una aldeana realista la única Navidad en
la que quedé en la pastorela y algunas veces, inolvidables para mí, fui bruja.
Mi madre hizo el disfraz.
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Conservo una foto en la que tengo como cinco años. Miro la
cámara con expresión adusta, algo lúgubre. No sé por qué. Estaba realizada. El
sombrero de cucurucho, la túnica negra con la calabaza al frente, así quería
vestirme yo. No con el uniforme de la escuela. ¿A quién le podía gustar el
cuello de plástico blanco, la corbata roja? Eso no tenía chiste, ni accesorios
bellos como la escoba diminuta que formaba parte de mi indumentaria de
Halloween, esa fiesta que, a pesar del consumismo y la pueril interpretación de
los misterios del duelo, me gusta por los disfraces.
Ya para sexto de primaria mis padres dejaron de esforzarse
porque el disfraz ya no era esencial en los actos escolares. En noviembre salían
del paso en el que los metían las invitaciones a fiestas de Halloween con el
socorrido atuendo de hippie. Resultaba el más barato porque la preparación
consistía en ponerme la ropa de mi mamá, atarme un paliacate alrededor de la
cabeza y mancharme los cachetes con margaritas y símbolos de la paz. Sí, había
quienes usaban lujosos disfraces con peluca incluida, pero mis padres,
sensatamente, los consideraban dinero tirado a la basura.
Ya en secundaria, mientras el resto de las niñas se disfrazaba
de adultas, es decir, se maquillaba a escondidas, se subía la bastilla del
uniforme o se ponía pantimedias, yo soñaba con vestirme como D’Artagnan. Botas
negras de ante, calzas, túnica a la rodilla, camisa con puños de encaje, florete
al cinto y sombrero negro. Bigote (no quiero ni imaginar lo que esto significa a
nivel psicoanalítico y prefiero no saber) y piocha. No se me hizo.
Después del disfraz de bruja, tuve sólo un momento
completamente satisfactorio en el campo de los disfraces: fui vestida como el
beisbolista Catfish Hunter a una fiesta, para la cual no tenía nada preparado.
En esa época usaba un corset ortopédico que me sujetaba de las caderas al
cuello, pero mis padres me dieron permiso de quitármelo unas horas. Estaba
emocionada y no quería ir de punk, que era lo de esos años. Al cuarto para la
hora un relámpago revelatorio me impulsó a ponerme el uniforme de beis de mi
hermano, quien jugaba en la Liga Maya. Me quedaba grande y las medias olían,
previsiblemente, a queso, pero era un disfraz con todas las de la ley. Yo no
sabía nada de beisbol, laguna que aún subsiste, pero sabía quién era él.
¿Cómo
no prestar atención a esos bigotes, esa flema, esa calma?
Fui feliz con la pelota en una mano y el guante en la otra: una
persona distinta de la adolescente esmirriada que era. Sentí que el uniforme me
acercaba a un anhelo desdibujado, cuya forma concreta todavía ignoro. Me dio
rabia quitarme mi atuendo beisbolero y meterme de nuevo en mi armazón de fibra
de vidrio.
Ahora miro con curiosidad desprovista de nostalgia las tiendas
de disfraces, aunque recuerdo nítidamente mis aficiones. Y suelo recordar la
frase de Oscar Wilde: “Dale al hombre una máscara y te revelará la verdad”.
Invita el restaurant ANTOJERIAS a su fiesta de halloween, este 30 de octubre de 6:00 a 9:00pm a participar con sus disfraces en familia, grandes y pequenos, a concursar, habra premios y sorpresas para todos los asistentes. Bienvenidos.

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