la
esencia y la existencia
Y si quieren saber de tu pasado/ es preciso
decir una mentira/ di que vienes de allá, de un mundo raro/ que no sabes llorar,
que no entiendes de amor/ y que nunca has amado.
A pesar de que transcurrieron algunas décadas
sin que nadie supiera de ella, debieron ser miles los seguidores de Chavela
Vargas que continuaron escuchando sus canciones. Con seguridad, la mayoría de
sus admiradores era más bien gente del pueblo y algunos intelectuales que
continuaban celebrando sus actitudes más desafiantes. Como parte de su leyenda
negra, algunos debieron pensar que igual que César Vallejo, Chavela se había
muerto de hambre, de tristeza o que, en el mejor de los casos, estaba en una
cárcel delirando por una dosis de aguardiente. En la década de los setenta, como
se decía entonces, algunos compañeros de ruta y yo apenas y habíamos escuchado
su nombre mencionado por algún profesor favorecido por el ‘68, pero eso sí, como
participábamos en los barruntos estudiantiles de aquellos días, nos gustaban los
corridos revolucionarios, género musical que sirvió para conservar el registro
de algunos acontecimientos épicos. Por esa razón, de vez en cuando, después de
beber una jícara de pulque legítimo y espumeante como la champaña, nos daba por
tirarnos en los caminos polvorientos de las provincias del Altiplano para
delirar a gusto con las canciones de Lucha Reyes, la cantante jalisciense del
falsete inconfundible, que como Chavela Vargas también había vivido en casas
miserables y con una horrorosa vida familiar. Presumiblemente eso es lo que las
llevó a las dos a buscar auxilio y protección en el alcohol. El caso es que la
voz trágica de la Tequilera Reyes nos acompañaba durante las noches de la
bohemia estudiantil, mientras discutíamos algunos textos de Albert Camus y de
Sartre para entender las diferencias que el existencialismo mantenía frente a un
dogma político de izquierdas que comenzaba a dar las primeras muestras de
agotamiento cultural.
Por aquellos días solíamos
interrogarnos por qué la existencia antecede a la esencia, es decir, por qué
nuestros actos determinan nuestra suerte. No teníamos más remedio que forjarnos
una personalidad con una actitud “neta” y, con esa autenticidad, ir por la vida,
aunque a veces nos duela el alma, como si viviéramos en una canción de José
Alfredo.
Tú me querías decir no sé qué cosas/
pero callé tu boca con mis besos/ y así pasaron muchas, muchas
horas.
Como en el Ulises, de
Joyce, en la vida de algunas personas existen épocas completas que deben ser
narradas como si hubieran vivido todo en un solo día. Para los seres más oscuros
ese día se convierte en noche. Así debió transcurrir una parte, presumiblemente
la más dolorosa aunque la más rica en enseñanzas vitales, en la vida de Chavela
Vargas. Ella desapareció de los pobres escenarios donde se presentaba y de los
“circuitos culturales” durante muchos años. Sabemos que vivió en la casa de una
mujer que antes había trabajado con ella en el servicio doméstico, inferimos que
las parrandas de lujo se acabaron para siempre, y que es un milagro que su
hígado, después de la ingesta alcohólica interminable estuviera intacto. También
algunos de nosotros, bajo el mismo sol nocturno de la parranda y la poesía,
acompañados por bebidas corrientes y espirituosas, pagamos nuestra estancia,
como en Una temporada en el infierno, de Rimbaud, hasta encontrar la
salida de esa laberíntica zona. Ahí estuvo la ronca voz de la chamana para
ayudarnos a explorar en algunos pasajes a través de una sombra a la que le
decíamos la “luz negra”. Era altamente significativa la primera estrofa del
poeta galo que dice: “Ayer, si mal no recuerdo, mi vida era un festín, donde se
abrían todos los corazones, donde corrían todos los vinos.”
Chavela Vargas,
durante entrevista con La Jornada en Tepoztlán. Foto: Cristina
Rodríguez/ archivo La Jornada
|
Esos versos expresan una actitud
ante la vida, que los sectores más conservadores, incluidos los predicadores de
izquierda, no dudaron en calificar como siniestra, típica actitud de quienes sin
tener la menor capacidad de entendimiento juzgan y descalifican. Los versos de
Rimbaud describen una forma de vivir que seguramente todavía deben experimentar
algunos grupos altamente sensibles. Quienes alguna vez formamos parte de unos de
esos “clubes de la serpiente” cortazarianos que proliferaron por el mundo en la
década de los setenta, reconocemos que en la poesía de Rimbaud y en la de José
Alfredo Jiménez existen algunas enseñanzas secretas que calaron hondo desde
aquellas remotas existencias casi cuando éramos niños. Por supuesto lo
interesante no era, como dice Gabriel García Márquez, cómo le hicimos para vivir
y luego contarlo (en el caso de Chavela Vargas para cantarlo como nadie), sino
simple y llanamente cómo le hicimos para sobrevivir. Entonces, de vez en cuando
dejábamos en suspenso las Iluminaciones, de Rimbaud, o las páginas de
Rayuela para ponernos a leer La vida inútil de Pito
Pérez, de José Rubén Romero. También solíamos cambiar los acetatos de Edith
Piaf o los de Ella Fitzgerald para escuchar “Flor de azalea”, por supuesto, ya
no nos importaba que los compañeros que se distinguían por su férrea disciplina
marxista leninista, a toda prueba de altibajos emocionales, nos tundieran
calificándonos de “pequeñoburgueses decadentes” o como “liberales populistas
existenciales”. Algunos ya no logramos seguir al Julio Cortázar de El libro
de Manuel y comenzamos a mezclar libros de poesía mexicana, por ejemplo la
de Ramón López Velarde y la de Xavier Villaurrutia, con ensayos de antropología
y arqueología mesoamericana. Sin que estuviéramos plenamente conscientes de
ello, buscábamos descubrir los vínculos que nos mantenían en contacto con
algunos textos del querido Cortázar que estaban inspirados en la cultura
mexicana precolombina; por ejemplo con el “Axolotl” o con “La noche bocarriba”,
siguiendo una ruta para explorar una identidad cultural que con El laberinto
de la soledad nos había generado un sinnúmero de angustias e interrogantes.
…y yo sin saber qué hacer/ de aquel
olor a mujer/ a mango y a caña nueva/ con que me llevaste al son/ caliente de
aquel danzón.Ponme la mano aquí, Macorina...
Volviendo a uno de esos momentos de
la misma noche que parece infinita, alguien entre las sombras cuenta historias
de una cantante y de una poeta suicida. Nosotros, que formamos parte de la
nueva ola de la misma legión bohemia de siempre, retiramos a Bob Dylan y a
Leonard Cohen del tornamesa para escuchar una voz que parece surgir del
Mictlantecutli. Y para que la noche siga rodando, entre caballitos de tequila,
como dice Rimbaud “le seguimos jugando buenas trampas a la locura… y al amor”.
Diez años después, en la misma
violenta noche mexicana, algunos de nosotros ya hemos sufrido accidentes
borrascosos e increíbles padecimientos. Otros, como las famosas y mejores mentes
de las generaciones A, B, C, O, X y Y
ya no están entre nosotros. Ten years after, digamos que a mediados de
los ochenta, recuerdo haber visto cuando era niño un programa de canción
ranchera que se llamaba Noches tapatías. Todavía quedaban en mi mente
algunos jirones de esa poética y de esa lírica, que a partir de la Revolución
mexicana y hasta la década de los cincuenta, fue tan popular y exitosa. Durante
el largo período postrevolucionario esas mujeres trenzudas, bravas y morenas que
cantaban desafiantes, rebeldes y dulces en las películas hechas en sepia y en
blanco y negro, son uno de los símbolos más representativos de México.
Sin
embargo, con la aparición de la TV poco a poco desaparece
la música ranchera de la realidad. Por fortuna, de esa inmensa noche mexicana
que nada tiene que ver con las celebraciones tricolores y septembrinas, recupero
un momento culminante de lucidez, cuando en una reunión rebelde y triste brilla
la voz de Mario Rivas, el sensible cantante de MCC (Música
Contra Cultura) ¿Qué significa eso, por qué esos jóvenes rockanroleros
decidieron ese nombre para su compañía? Ese cantante antes había fundado al
Grupo Víctor Jara, en el que compartió escenarios estudiantiles con la
maravillosa Eugenia León, esa mujer que tal vez sea la cantante favorita de la
Chamana Vargas. Volviendo a la misma noche de siempre, me toca presenciar un
espectáculo trascendente e irrepetible. Nunca supe cómo llegué a ese momento ni
en dónde estaba. Sé que era México y que Mario Rivas, activista del movimiento
por los derechos civiles y de la diversidad sexual, cantaba “La Macorina” con
una intensidad que solamente he sentido cuando la interpreta Chavela; y aunque
la letra de la canción es vivaracha, como dice Almodóvar, la forma en que Mario
la canta no se presta para el desmadre. Meses más tarde fallece el artista,
víctima del VIH, cuando apenas si se conocen los síntomas y
tratamientos de la epidemia.
A pesar de que muchos pensadores
racionalistas y “objetivos” consideran que el existencialismo es una filosofía
irracional, sobre todo Sartre piensa que esa filosofía, antes que nada, es un
humanismo.
Esa corriente que se originó en Europa en el siglo XIX se extinguió a mediados del XX, no sin
antes propiciar la creación de obras literarias muy importantes. Además de los
procesos teóricos y narrativos de Camus, Kierkegaard y del mismo Sartre, hay
quienes consideran que la obra de Rilke, la de Thomas Mann, la de Samuel Beckett
y la de Juan Rulfo, cuyas historias exploran en algunos de los rostros y pasajes
más significativos y terribles de la condición humana, pertenecen a esa
corriente filosófica. Su preocupación más evidente es encontrar el sentido de la
vida, así como asumir la libertad personal; libertad que sobre todo tiene que
ser un hecho. No creo que nuestra Chamana se considerara a sí misma como una
artista “existencial”. Es más, ni siquiera creo que se le hubiera ocurrido
pensar en ello; sin embargo es interesante observar que en una de sus últimas
presentaciones Chavela Vargas le dijo a un grupo de jóvenes, que literalmente se
encontraba aullando de amor a sus pies, que ella sólo podía dejarles su
libertad. Si una de las necesidades de la filosofía existencial es la de crearse
una ética personal y mantenerse independiente de las ideologías, es curioso que
una viejecita ronca y casi ciega fuera considerada como sex symbol,
curandera y paradigma espiritual.
En efecto, la libertad de Chavela Vargas es un
hecho incontrovertible. De manera semejante al personaje principal de la
película El espejo, de Andrei Tarkovski, la vida y el arte de Chavela
son inseparables y pueden visualizarse como si estuvieran inspirados en la
técnica narrativa de ese gran filme. En esa cinta, el director no esconde sus
sentimientos aunque éstos puedan resultar bruscos para algunos espectadores, del
mismo modo en que la Chamana, a veces incluso de manera burlesca, nos muestra
cómo ha sobrevivido, cómo ha logrado liberarse de su fantástica dependencia por
el alcohol; y sobre todo cómo finalmente salió del Mictlantecutli, ese
territorio de la muerte, para enseñarnos un poco de su propia vida a través de
ese espejo que son sus canciones, para que quienes lo necesiten –y puedan–
aprendan a verse en ese retrato y se hablen a sí mismos con la verdad.
Por supuesto eso se requiere haber
pasado por “Una temporada en el infierno”, y exige hacer la travesía de “La
noche oscura del alma”.
Uno vuelve siempre a los viejos
sitios donde amó la vida
Por supuesto, y gracias a que nadie
es poeta –ni profeta– en su tierra, para nuestra fortuna, Chavela no nació en
México, aunque –increíble paradoja–, sea una de las mujeres más mexicanas que
jamás pisaron nuestra tierra. Gracias al afecto y al talento de Pedro Almodóvar,
le llegó a tiempo la aceptación y el reconocimiento que antes le negó México,
pero que ahora, excepto la vileza de algún medio de incomunicación nacional,
nadie se atrevió a regatearle a nuestra Chavela Vargas. Pero dejemos que otra
vez pase el tiempo para ver cómo sigue curando y seduciendo la voz de esa mujer
extraordinaria que antes de morir adorada en España decidió volver, volver,
volver.
Vengo de donde viene el viento/
Traigo aromas de luz que trovaron los cerros/ y armonías calladas de la noche
más bella
Punto i el punto informativo, ha dedicado parte de su programa a la voz de chavela vargas, con los comentarios de Marcelo Palermo y Anthony Alvarado, desde Kama 750am y por nuestro canal de www.olalatinaradio.com un homenaje permanente con su musica por siempre presente.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario