"Soy como el burro que tocó la flauta”, dijo Elena Poniatowska con coqueta modestia al dar las gracias durante la inauguración del Coloquio Internacional dedicado a ella y organizado en el Colegio de México por Elena Urrutia del Programa Interdisciplinario de Estudios sobre la Mujer. Esta frase pintoresca y completamente inexacta transparenta la elegancia y simpatía de la escritora que aspiraría a soslayar así la riqueza y diversidad de una sólida obra literaria que abarca la novela, el cuento, la crónica, el ensayo y, por supuesto, el periodismo, la entrevista, el reportaje. La ironía de Elena Poniatowska es un rasgo principesco, un gesto de larguèsse ante la susceptibilidad envidiosa de una comunidad literaria snob y displicente que hasta hace muy poco tendía a descartar a la vocación creadora de la escritora para subrayar su profesión periodística y así, por virtud de una manipulación ideológica, contaminar con la sombra de la superficialidad y el sentimentalismo (atributos del periodismo) la gravedad de los enunciados y denuncias que trabajan sus crónicas, ensayos y reportajes, para no hablar de la audacia creadora de su quehacer artístico en la novela, el cuento y el ensayo.
Distingo tres elementos en la prosa, en la obra de Elena: el plano autobiográfico, el plano periodístico y propiamente de investigación social sistemática en sus diversas figuras en Todo México, el plano histórico y cultural: Elena como una gran devoradora de su propio tiempo. Una geografía humana de México animada por un soplo libertario no sólo en los temas sino en la forma. Poniatowska como una gran experimentadora en su propia escritura. Encarna el reto de ir en busca de nuevas textualidades renovando a cada paso la memoria de lo literario.
Elena Poniatowska cumpleaños en el Hábito con Carlos Monsiváis Foto: Rogelio Cuéllar |
Entre las voces que se dan cita en la obra literalmente multánime de Elena Poniatowska, sobresale en la percepción de nuestro oído la voz de la voz, la voz maestra, una voz híbrida, a veces muda, donde el arte del decir se alimenta del arte de callar y desaparecer a tiempo. Una voz a veces también prístina y limpia. Pero ¿cual sería en Elena Poniatowska la voz de la voz? ¿Qué timbre tiene? Tiene, a riesgo de simplificación, un timbre profético: Elena Poniatowska, como algunos profetas de la Biblia, se limita a decir lo que ve, a transcribir lo que oye y escucha, a decir y a decirse a través de los otros, de las otras, como en el libro de semblanzas, en parte ficticias, en parte históricas, reunidas en el volumen Las siete cabritas, obra donde se decanta la variedad estilística y musical de Elena Poniatowska. Esa voz profética se alimenta de una experiencia de la otredad: Elena Poniatowska puede ser considerada una escritora extraterritorial, para evocar la expresión de George Steiner.
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Foto: José Antonio López/ archivo La Jornada |
Es profética la voz de Elena porque siempre dice la verdad. No sabe mentir. Ha hecho de la búsqueda de la verdad no sólo un arte poética y literaria, sino también un arte de pensar y un arte de amar: un arte política. Una política irritante, inconveniente, incómoda para los oídos convencionales de los profesionales de la política y del acomodo. Búsqueda de la verdad que pasa por la búsqueda de las verdades individuales, la de Elena Poniatowska es una búsqueda ética y estéticamente arriesgada, una búsqueda del lugar civil y literario para las otras voces, las voces de los otros en la cultura mexicana y latinoamericana contemporánea.
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Octavio Paz y Elena Poniatowska. Foto: Héctor García |
Queda, por último, apuntar al paso la función secreta de la música en la técnica narrativa de Elena Poniatowska, en sus cuentos y novelas, en sus ensayos y reportajes y aun en sus entrevistas.
La función de la música –la música de la prosa, en la vida de los personajes (por ejemplo, en La “Flor de Lis”) o en las partituras subyacentes a sus ensayos y crónicas– recuerda una voz indeleble del poeta Eliseo Diego: oído fino, corazón inteligente. Así, el oído fino de Elena Poniatowska nos permite hacer el viaje más peligroso de todos: el camino de regreso a casa, el camino que devuelve el sentido individual y colectivo a través del conocimiento escrito de las circunstancias. Y el que escribe bien, la que escribe bien, dice dos veces la verdad.
II
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Foto: Sergio Hernández Vega/ archivo La Jornada |

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