La reflexión sobre el arte moderno, los artistas y los mercaderes son algunos de los temas que aborda con prosa precisa y claro dominio de la técnica, construyendo un entramado que soporta el cuestionamiento de fondo: la función cultural del arte moderno frente al valor histórico de la falsificación de piezas clásicas y la idea de originalidad en el arte de nuestros días. Eduardo Lizalde despliega un mundo ocupado por la desigualdad y la injusticia, un lugar donde conviven traficantes de arte, funcionarios públicos farsantes y niños hambrientos. También recurre a la sátira y a la ironía para evidenciar ciertas actitudes y vicios de nuestro sistema político. Sus relatos ponen de relieve el abominable dedazo, el ascenso y descenso de los funcionarios públicos inalcanzables en su falsa importancia, así como la imposición de tradiciones en contra de la razón.
El título de la colección también es del relato que abre el libro, único que ubica la historia en un espacio específico. Si las otras historias podrían suceder en cualquier jardín, calle o barrio del país, los sucesos de “La cámara” sólo son posibles en una zona fronteriza. Con este relato Lizalde denuncia el infame tráfico de personas, la discriminación racial y las condiciones inhumanas a que se someten quienes van tras el sueño estadunidense; plantea una mirada sobre el margen, el bordo, la frontera, la situación límite. Después de todo, ser indocumentado en el vecino país del norte es otro extremo al que puede llegar un mexicano. Desde esta posibilidad, la propuesta del libro desemboca en la crueldad de “La tormenta”, breve relato que acusa la obsesión destructora de cierto jefe revolucionario, y cierra la colección de cuentos al tiempo que tiende un largo puente hacia una novela ubicada de lleno en la Revolución Mexicana. Se trata de Siglo de un día, publicada por Lizalde en 1993.
No es novedad en nuestras letras leer a poetas novelistas. Ya en las primeras décadas del siglo XX los Contemporáneos incursionan en el campo de la ficción; sin embargo, su prosa breve y lírica más parece continuación de su trabajo poético y no la elaboración de una novela. De ahí el epíteto novelistas sin novela. No es el caso de Eduardo Lizalde, autor de un texto de largo aliento cuyo tempo sostiene a lo largo de más de quinientas páginas. Siglo de un día es una novela que confirma que la representación histórica es uno de los rasgos preponderantes en la literatura mexicana del siglo XX. Un recorrido por los caminos de nuestra narrativa nos lleva inequívocamente de la novela de la Revolución hasta la finisecular conocida como nueva novela histórica.
A pesar de que Eduardo Lizalde nos advierte que la suya no es una novela histórica, lo es. Ciertamente no a la manera de las de Azuela ni las de Martín Luis Guzmán, escritas al fragor de la batalla. Tampoco es la de Yáñez o la postrevolucionaria de Fuentes. Siglo de un día se escribe a partir de la perspectiva que otorgan el tiempo y la distancia. Lizalde contempla en retrospectiva la saga nacional ligada a los avatares de su familia; escribe desde un punto de vista que favorece la reflexión, la valoración, la cita. Por eso el recuento de la historia está a cargo de varios relatores, personajes definidos por su lenguaje: el profesor Quiroz, Prócoro y el tío Palemón. Son ellos los tramadores de la novela quienes comentan y debaten cada suceso, los que dan cuenta de las batallas de Zacatecas y Celaya, los que relatan la Decena Trágica y lamentan el saqueo y las no escasas traiciones.
Hay tantas maneras de tratar el tema de la Revolución Mexicana como novelas escritas. La de Eduardo Lizalde arranca con un suceso clave, el asalto de Zacatecas por las fuerzas de Francisco Villa en 1914. Aunque por momentos el narrador retrocede hasta los años de la intervención francesa o se proyecta hacia el futuro, a los días de la huelga ferrocarrilera de los años cincuenta, la novela se desarrolla básicamente en el período que comprende desde 1914 hasta el asesinato de Zapata. Este fragmento de nuestra gesta histórica es reconstruido y organizado a partir de recuerdos, relatos de familia e historias contadas por parientes y amigos, testigos del movimiento armado. Conocemos las historias del profesor Quiroz por medio de los relatos que escribe y guarda en un cartapacio que lleva a todas partes, material que el propio profesor titula Siglo de un día. La puesta en abismo, el juego de voces, el diálogo con autores mexicanos, como Rafael F. Muñoz y José Vasconcelos, son recursos que muestran el calibre narrativo de Lizalde. Por otro lado, la reflexión sobre la representación histórica de los años ochenta, llevada tanto al campo teórico como a la escritura ficcional, se ha complejizado bastante (tomemos como ejemplo dos novelas cumbre del género, Noticias del imperio y La guerra del fin del mundo), por lo que sólo es posible abordarla desplegando estrategias diversas.
Junto al comentario de libros, citas, poemas, explicaciones cultas, como es el origen helénico de la pelea de gallos, Lizalde hilvana fragmentos de corridos y óperas con la clara intención de montar un amplio texto polifónico que cuestione lo narrado. Un solo blanco para diferentes tiradores. Contar la batalla de Zacatecas desde la visión de personajes diversos, o incluso mediante una sola voz que modifica la proeza cada vez que la cuenta, plantea el problema de la memoria y su “variado espejo”; también el de la imaginación histórica, tema que interesa por igual a historiadores y novelistas, tópico implícito en la novela histórica.
Siglo de un día nos entrega una imagen contundente a través del discurso del profesor en su último viaje, cuando desde la ventanilla del tren contempla lo que tiene frente a sus ojos: “Carroña en vez de piedras por toda la ciudad, sangre apestosa en cada fuente, rapiña bandolera y destrucción y desamparo civil, y peste, ratas, pobreza, calvicie de los campos. Desolación del mundo.” Las palabras del profesor Quiroz pintan un paisaje luvinesco donde resuena el eco de aquella pregunta lanzada por otro profesor: “¿En qué país estamos, Agripina?”
Hay gente que llega a Ciudad Juárez preguntándome si Rosario Sanmiguel existe”, me confió un amigo escritor chihuahuense, no sin celebrar la ocurrencia, pues si bien la comunidad literaria de esta región conoce y reconoce a la aludida, todos parecen haberse puesto de acuerdo para permitir que la leyenda se forje en torno a ella, la escritora escurridiza. Yo misma, aún a sabiendas de que Rosario Sanmiguel es una mujer de carne y hueso (la idea de su leyenda me hizo sonreír: los críticos de la ciudad de México tienden a nimbar a los autores fronterizos con un aura entre diabólica y mística), no albergaba una mínima esperanza de conocerla en mi reciente visita a esta ciudad, pero tuve suerte: Rosario Sanmiguel se materializó ante mis azorados ojos en una mujer de tez color durazno, encantadora sonrisa y mirada que, como la de sus protagonistas femeninas, parecía lejos de ahí. ¿Soñadora? No: fugaz. Su voz grave y baja, su hablar pausado, voz de maestra… porque ha sido la profesión de la escritora Rosario Sanmiguel durante muchos años: maestra universitaria, y su talante fusiona pasión y erudición… y una cierta rabia casi perceptible, ancestral… Lo cierto es que, tanto en lo personal como en su escritura, Rosario sabe desbordarse sin perder la compostura: “(…) vivía en una frontera existencial. A un paso de pertenecer, pero al mismo tiempo separado por una línea trazada por la historia.” (“El reflejo de la luna”, Callejón Sucre y otros relatos, Editorial Eón/ Colegio de la Frontera Norte/ UACJ/ Center of Latin American Studies, 2004, p. 110).
De esta novela nos dice el ensayista chihuahuense, alumno por cierto de Rosario, Francisco Serratos: “Según Salvador Elizondo, la literatura de Occidente no es más que la descripción del infierno, por lo cual nosotros estamos en un infierno al leer esta novela. No ante un infierno diferente, sino mejor dicho, visto diferente.” Árboles o apuntes de viaje, es una historia sobre la memoria y su decisiva función en la composición familiar. Aunque Rosario no centra la importancia de la novela en los aspectos crudos, es decir, en esos secretos que suelen legarse de una generación a otra, junto al silencio obligatorio que implican, estos brotan en el camino como las flores: el incesto entre hermanos; los enamoramientos inconvenientes, la fuga hasta ahora inexplicable de la madre, etcétera, y todos esos secretos que Andrea anota metódicamente en su cuaderno y la reflejan como un espejo, último eslabón en la cadena-condena de silencios, deambulando como fantasmas por los parajes agrestes que Rosario Sanmiguel misma trae en la mirada y en la sangre; mirada-sangre: “(…) Antes de cerrar el cuaderno escribí el primer apunte del viaje: del Big Bend a tierras ejidales, en una barca agujereada al mando de un niño, por un cuarto de dólar cruce al río Bravo (…) Imaginé los árboles añosos del prélago, que no lejos se mecían bajo la silente cartografía de las estrellas.”
Actualmente, Rosario trabaja en una novela histórica relacionada con sucesos importantes en la historia de Chihuahua, para lo cual renunció a su labor docente, “ahora realizo algunas actividades como free lance que me permiten tener algunos ingresos raquíticos. Por ahora es muy importante que cuente con el tiempo suficiente para la investigación...”
Rosario Sanmiguel nació en Manuel Benavides, Chihuahua, en 1954. Radica en Ciudad Juárez desde 1955. Es candidata a Doctor por la Universidad Estatal de Arizona, donde cursó una especialidad en novela histórica mexicana del siglo XX.
Eduardo Lizalde
Rosario Sanmiguel
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